Bitacora de futuro: En los anales del estómago

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Un hermoso día de un mes de enero, dio inicio un espléndido drama en la mente, aproximadamente a las tres y treinta minutos de la tarde. Salió de su casa don Rafael en dirección de la calle de cristal, donde el honorable amigo, don Ernesto, le había ofrecido un almuerzo delicado del que se pueda hacer mención en los anales del  estómago, este tiene su propia lectura, su memoria, educación, elocuencia, es un hombre dentro jamás experimenté de modo tan curioso la influencia ejercida por este órgano sobre mi economía mental. Ambos amigos amablemente degustaron el almuerzo.

Después de haber terminado la comida entre amigos, Ernesto ordenó a su empleada María sirvieran vino tinto seco. Hasta el momento, se consideraba normal, salvo de cultura:  de artista, sus relatos, y etc., y, ambos amigos más la esposa e hija de Ernesto, todos entusiasmados de corazón y pasión.

Al finalizar la copa de vino, todos se encontraban  presas de una dulce melancolía y sumergidos en la lógica de personas que han comido bien. Percatándose de ello, Ernesto, hombre acaudalado, y excelente crítico de “Bona Fide” de la literatura alemana que reconforta la admirable y pohética vida de las cortesanas del siglo XVI en la calle de los pájaros. Remató su obra  realística con una excelente salida de “la pasión, culto o adoración excesiva por la comida y el buen comer, elevando el placer culinario a una forma de devoción o prioridad máxima”.

La conversación quedó interrumpida por unos minutos cuando Ernesto y Rafael el amigo invitado se sentaron plácidamente en sillones inventados por el confort doméstico que habían causado admiración a otras personas que visitaban a Ernesto. Posteriormente se sentaron  en una mesita con otro tipo de sillas, el anfitrión levantó la madera de la mesita,  sacó un instrumento alemán raro, lo ejecutó modestamente, logrando unos sonidos fenomenales, entonces a mitad de camino del diálogo sostenido, entre los acentos lúgubres cortejando o soñando con los placeres de las notas de un órgano vibrando. El invitado noble, sobre la conversación se preguntaba furtivamente: “no sé lo que hizo con aquel instrumento de melancolía, pero mi inteligencia no se vio jamás tan cruelmente trastornada como en aquella ocasión, el instrumento musical, fabricado por Ernesto, era como una especie de plancha con seis hoyos, pegados unos alambres. Producía vibraciones armónicas fuertes, graves, agudas, que cada nota atacaba instantáneamente una fibra de la mente, de aquella música, melodías impregnadas de ritmos rarísimos, introdujeron violentamente en mi alma todas las ensoñaciones imaginadas y dialogada como  baladas de una noche a oscuras o como toda la pohesía eficaz, doliente que  en medio de inmensa preocupación, por supuesto me sentí como si mi personalidad hubiera nacido de nuevo, mi ser interior y total abandono exterior, sentimos algo de amistad, en ese instante el aire generador de oxígeno no era aire; mi ser estaba algo flojo, inconsistente doblándose, mientras tanto, las calles se hundían, esa era mi imaginación”

Ernesto, melancólicamente le respondió a su amigo: “adaptando la referencia de los Inválidos. Al voltear la vista, nunca pensé ver la calle de los inválidos que venían hacia mi, me quedé sorprendido, me  detuve,  era sin duda esa cúpula, que se paseaba boca abajo, e Interpreté esta visión como un efecto óptico sin pretender explicarme el fenómeno, tuve sensación de temor, viendo que se acercaba, quería pisarme los talones, eché a correr, oía detrás de mí pasos fuertes de esa cúpula, empero, mis ojos reían, bailaban  y, cuando el sol al pasar por las ventanas abiertas, de ventana en ventana, me daba un vago parecido con los ojos, lanzándome auténticas miradas. Entonces, pensé soy bastante tonto, me pondré detrás de ella. Le dejé procediera, ella volteó y se colocó, en  esa posición, me hizo un hermoso y tímido gesto con un meneo de cabeza, y el ropaje en la falda estaba arrugada. Disimuladamente di  pasos atrás para plantarla en su mismo lugar, me sentí inquieto. No cabía duda, a los tres días siguientes los periódicos no dejarían de contar que yo, autor de ciertos artículos, había señalado a esa cúpula mal llamada de los inválidos, se había encaprichado conmigo, y mi carácter de sobra conocido, de lejos era notorio que me degrada los monumentos públicos, por dialogar con ellos. La mayor dificultad, y lo que más me inquietaba, era saber qué iba a hacer con aquella cúpula. No hay duda se podía ganar una fortuna. Además, la amistad, con un hombre era halagador, si tenía intención de seguirme. Por supuesto sufriría producir considerables desperfectos por donde pasara, la gente dejaría pasar ¿qué desperfectos haría por el camino?. ¡Santo Dios! Qué raros están los Inválidos sin la cúpula”.

Al oír estas palabras, el honorable amigo me volvió a ver y dirigió mediante la ventana que da a la calle su vista hacia la iglesia, ambos  rompieron a reír. Decían al unísono: “¿qué ha sido de ella? ¡Estoy seguro de que toda la ciudad está preocupada¡ En ese instante se escuchó un griterío, un clamor que hacía pensar que se aproximaba el fin del mundo”.

-Tenía razón, esa catedral de los Inválidos, es uno de los monumentos más bellos de la ciudad; y, una fantasía bastante rara entre cúpulas, era admiraba con embeleso. Bajo los rayos del sol refulgente como si estuviera cubierta de piedras preciosas, su azul y roja. Este acontecimiento se destacaba sibilinamente en el del cielo, y su inmensa linterna  tan maravillosamente elegante y ligera, ofrecerme detalles en los que no había reparado hasta entonces. Habían zonas estropeadas y que habían perdido colorido, no era suficientemente como para devolverles su esplendor-le expresaba Rafael a Ernesto-.

-Cerca de la ciudad he conocido a un agricultor le fascinan las abejas y por más que se les acerque no le pican, les dice que se marchen y huyen, quizá a llegado a un poder sobrenatural y haya adquirido el poder de atraer a la catedral de los inválidos. Entonces, la fe más absoluta en mi poder, de la que habló Cristo, permite mover montañas, la fuerza con su  ayuda podemos abolir las leyes del espacio y del tiempo, cuando vi avanzar hacia mí, a la máxima velocidad al tiempo tuve que apartarme-respondió Ernesto a su invitado-.

-Vi la tozuda raíz de la ciudad y volverse a colocar boca abajo, con breves sacudidas, me secaba la cara instintivamente, en aquel momento, mi ser exterior regresó y me encontré cerca de todos ellos, frente a un enorme charco de agua en el que se reflejaba todo. Quizás estaba borracho. Qué manera de atacar los nervios-finalizó Rafael-.

Micro Autobiografía: Bayardo Quinto Núñez (Bayquinú) ha publicado veintiséis (26) Libros: Ensayos; Opiniones diversas; Pohemas; Cuentos; Relatos; Minicuentos; Novelas Cortas; y tiene varios libros escritos inéditos, y otros que va escribiendo, los cuales en su momento si hay oportunidad saldrán a la luz pública, Licenciado en Ciencias Jurídicas y Sociales; Abogado y Notario Público; Instructor Deportivo en Baloncesto, Escritor; Pintor; estudio Siempre Música, Artesano del Calzado, y tras su ardua experiencia en medios escritos de gran trayectoria en Nicaragua, como ¡El Nuevo Diario y Diario La Prensa, y Columnista Internacional, y Nicaragüense.

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