Camuflar el servilismo, como alianza, no cambia el hecho de que se trata de una conducta propia de mediocres, al tiempo que implica un insulto a la inteligencia.
Eso es, precisamente, lo que hicieron dos personajes notoriamente oportunistas: la decepcionante opositora venezolana María Corina Machado y el sanguinario dictador estadounidense, Donald Trump.
Después de que el misógino autócrata la humilló públicamente -cuestionándola como dirigente opositora-, la obsecuente trumpista latinoamericana cumplió su triste y desacertado propósito: entregarle la medalla correspondiente al Premio Nobel de la Paz 2026.
Machado lo hizo con la esperanza de que Trump la convirtiese en el personaje criollo central del presente proceso político venezolano.
Camuflar el servilismo -nada menos que ante el imperio estadounidense-, como estrategia supuestamente revolucionaria, constituye una flagrante traición al concepto de revolución, además de ser una torpe conducta cortoplacista -al menos en principio-, y un suicida error de cálculo político.
Eso es, exactamente, lo que están haciendo, desde el 3 de enero -o desde antes-, personajes tales como los oficialistas venezolanos Delcy Rodríguez (presidenta interina), su hermano Jorge Rodríguez (presidente de la Asamblea Nacional -parlamento unicameral-), Diosdado Cabello (ministro de Relaciones Interiores, Justicia y Paz), general Vladimir Padrino (jefe de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana -Fanb-, y ministro de Defensa).
Se trata de un desesperado intento por mantenerse -aunque sólo nominalmente- en los cargos, sin perjuicio de que ello implique, ahora, trabajar para el enemigo.
La veloz invasión militar a Venezuela, en el inicio de esa violenta jornada -poco después de la medianoche-, para derrocar, secuestrar, y extraer al patético dictador, Nicolás Maduro -y a su esposa, Cilia Flores-, alteró, drásticamente, el cuadro de situación establecido por la Revolución Bolivariana, el proceso político instalado, hace 27 años, por el ex presidente venezolano (1999-2013) Hugo Chávez -fallecido en el ejercicio del cargo-.
El golpe de Estado made in Usa, contra Maduro, tuvo dos justificaciones: la oficial -llevar, ante la justicia estadounidense, a un dictador etiquetado como narcoterrorista-, y la verdadera -dar, al brutal capitalismo estadounidense, el control de los recursos naturales venezolanos, prioritariamente el lucrativo petróleo-.
En atención a la conveniencia imperial del momento, la intervención militar no significó la caída del régimen sino su humillante sometimiento a la tiranía trumpista -algo que los vociferantes jerarcas revolucionarios aceptaron, sin protestar, para no seguir los encadenados pasos de su líder (se les aplica el dicho costarricense “calladito, más bonito”)-.
Los integrantes de la banda de supuestos chavistas inclaudicables -el núcleo duro de los apóstoles de Chávez- saben que el régimen tiene fecha de caducidad: exactamente, cuando el grupo deje de tener utilidad para el imperio -algo que es sólo cuestión de tiempo-.
Contrariamente a su narrativa mediática, Machado llegó, el 15 de enero, a la presidencial Oficina Oval -en el Ala Oeste (West Wing) de la Casa Blanca-, para suplicar, a su patrón, que la convirtiese en la figura clave criolla en el proceso político/petrolero que está en desarrollo -en Washington- para Venezuela.
Tuvo la esperanza de que la torpe entrega del talismán que portaba, le aseguraría el éxito en su triste misión.
Pero Machado incurrió en el error de pensar que el demencial ego trumpiano quedaría satisfecho con ese gesto de subordinación, sin tener en cuenta que los dictadores -en su natural condición de seres esencialmente mediocres- son arbitrarios -obviamente, el estadounidense abusa de esa característica-.
De modo que, tras entregar el obsequio, la opositora salió, de la Casa Blanca, con las manos -literal y conceptualmente, personal y políticamente- vacías.
Al revés del escenario que la visitante esperaba, Trump no le garantizó que la convertiría en la próxima presidenta del caribeño país sudamericano, ni siquiera que, como opción, instalaría, en el Palacio de Miraflores -la capitalina sede del Poder Ejecutivo-, a Edmundo González, a quien el gobierno de Joe Biden (2021-2025) consideró como el presidente electo venezolano.
De acuerdo con datos de la oposición, González -candidateado a raíz de la inhabilitación política de Machado, por el régimen madurista-, ganó, con alrededor de 70 por ciento, la votación presidencial del 28 de octubre de 2024 -la que fue robada por Maduro-.
Llama la atención el hecho de que la opositora llegó sola -sin su subalterno, y sin explicación del por qué-, a la reunión con el jefe de ambos.
Medios de comunicación estadounidenses e internacionales, registraron la vergonzosa entrega de la medalla montada en un cuadro rectangular, con marco dorado, y en fondo negro, con un par de placas cuyos respectivos textos, en inglés, parecen dictados por el autócrata.
La placa superior, indica: “Al Presidente Donald J. Trump En Gratitud por Su Extraordinario Liderazgo en Promover la Paz a través de la Fuerza, Avanzando la Diplomacia y Defendiendo la Libertad y la Prosperidad”.
Inmediatamente debajo, aparece la medalla -en su anverso, que muestra el perfil del ingeniero sueco Alfred Nobel (1833-1896), creador del premio-, seguida por la inscripción “La Medalla del Premio Nobel de la Paz otorgada a María Corina Machado”.
A continuación, siempre en orden vertical descendente, hay otro texto: “Presentada como Símbolo de Gratitud en nombre del pueblo Venezolano en reconocimiento a la Acción de Principios y Decisiva del Presidente Trump para Asegurar una Venezuela Libre. La Valentía de Estados Unidos, y su Presidente Donald J. Trump, nunca será olvidada por el pueblo venezolano”.
Unos centímetros más abajo, aparecen -en orden descendente- la firma de la venezolana, su nombre, el lugar -Washington, DC-, y la fecha -15 de enero de 2026-.
Trump -vistiendo traje azul oscuro- y Machado -vistiendo traje blanco- posaron, sonrientes, sosteniendo el cuadro.
La venezolana anunció, reiteradamente, antes de la deshonrosa actividad, la decisión de entregar, a Trump, la medalla, porque -en obediente alineamiento con la narrativa trumpiana– el estadounidense es quien debió recibir, el año pasado, el premio.
Machado viene planteándolo desde que fue informada, el 10 de octubre de 2025, por el Comité Nobel Noruego -la entidad que otorga ese galardón-, sobre la decisión de premiarla con la medalla, el pergamino, y los codiciados 11 millones de coronas suecas (alrededor de 1.17 millones de dólares).
En ese momento en situación de clandestinidad, en Venezuela -según versiones periodísticas-, Machado escribió, entre otras cosas, en inglés, en la red social X:
“estamos en el umbral de la victoria y hoy, más que nunca, contamos con el Presidente Trump, el pueblo de Estados Unidos, y los pueblos de América Latina y las naciones democráticas del mundo como nuestros principales aliados para lograr libertad y democracia”.
Además, anunció: “dedico este premio al sufriente pueblo de Venezuela y al Presidente Trump por su decisivo apoyo a nuestra causa!” -precisión: la única causa que Donald Trump apoya, es la de Donald Trump-.
Sin tener en cuenta la desmedida sumisión de Machado, y luego de que ambos dialogaron telefónicamente, el 10 de octubre, el dictador incurrió en una contradicción, en la forma de un comentario despectivo -lo habitual en el autócrata-.
En declaraciones que formuló en la Casa Blanca, el 17 de octubre -una semana después de la conversación telefónica que ambos mantuvieron-, Trump dijo, a periodistas, que no sabía quién era su interlocutora.
Lo afirmó en respuesta a una pregunta, y aprovechó para referirse -por enésima vez- a lo que considera como sus propios méritos para obtener el galardón Nobel -repitiendo el tan gastado cuanto falaz discurso de que terminó ocho guerras-.
“Miren todas las guerras que resolvimos, y, cada vez que resuelvo una, dicen: ‘si usted resuelve la próxima, va a recibir el Premio Nobel’”, agregó, en tono de burla -mencionando un par de casos, sin poder enumerar la totalidad-.
“Alguien lo recibió -que es una mujer muy agradable, muy agradable-, no sé quién es, pero fue muy generosa”, aseguró, en alusión al premio que, en por lo menos un post en redes sociales -y en abusivo ejercicio de su natural/fenomenal ignorancia-, mencionó como Premio “Noble”.
La afirmación respecto a Machado, probablemente derive del hecho de que, en su monumental megalomanía, Trump no soportó que, contrario a su arbitraria percepción de la realidad, no fue el destinatario de la medalla.
En un desquiciado mensaje que difundió el 7 de enero, en redes sociales -el mismo en el cual se refirió al Premio “Noble”-, Trump fue crítico de Noruega.
Ello, a causa de que -por voluntad de Nobel- el galardón de Paz es otorgado por el Comité Nobel Noruego, cuyos cinco integrantes son designados por el Storting -el unicameral parlamento de ese país escandinavo-, no obstante lo cual actúan autónomamente.
“Yo, por mí mismo, TERMINÉ 8 GUERRAS, y Noruega, un Miembro de la OTAN, tontamente optó por no darme el Premio Noble de la Paz”, aseveró, en su terca -y desquiciada- proyección como pacifista, haciendo referencia a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (Otan).
El golpe al ego trumpiano fue múltiple: en primer lugar, el comité no optó por él; en segundo lugar, lo hizo por una mujer; en tercer lugar, premió a una persona cuya nacionalidad el dictador ha soezmente estigmatizado, con particular agresividad, en el marco de su represiva/xenofóbica política antinmigrante.
Pero la grosería fue mayor, durante la conferencia de prensa que -junto con varios obedientes jerarcas de su régimen- protagonizó, el 3 de enero, en Mar-a-Lago -su lujosa residencia en el sector de la ciudad de Miami, en el sudoriental estado de Florida-, algunas horas después del secuestro de Maduro.
En respuesta a una pregunta sobre el papel de Machado, en Venezuela, tras el derrocamiento del dictador, Trump la descartó -sin ninguna consideración- como líder local en el proceso político en drástico desarrollo.
“Creo que sería muy duro, para ella, ser la líder: ella no tiene el apoyo interno, ni el respeto dentro del país”, aseguró, categóricamente, en su habitual mezcla de patanería y misoginia
-severamente resentido por haber quedado fuera de la lista de galardonados “Noble”-.
Y asestó, nuevamente, la bofetada: “es una mujer muy agradable, pero no tiene el respeto”.
La brutal humillación pública no fue suficiente, y la trumpista venezolana bajó a un indescriptiblemente vergonzoso nivel de servilismo, al anunciar la disposición a entregar, el galardón Nobel, al machista agresor, misógino -y obvio guerrerista-.
Lo afirmó durante una entrevista -en inglés-, el 6 de enero, con la conservadora estación de televisión estadounidense Fox, en respuesta a la pregunta: “usted le ha ofrecido darle el Premio Nobel de la Paz?”.
“Bueno, no ha ocurrido aún, pero, seguramente, me encantaría poder, personalmente (…) dárselo, compartirlo con él”, afirmó, tres días después de que Trump la menospreció ante el mundo.
Respecto a la ofensiva actitud de Trump hacia Machado, el diario estadounidense The Washington Post reveló, el 4 de enero, que “dos personas cercanas a la Casa Blanca dijeron que la falta de interés del presidente en cuanto a promover a Machado, a pesar de los recientes esfuerzos de la segunda por halagar a Trump, derivaron de la decisión, de ella, de aceptar el Premio Nobel de la Paz, un galardón que el presidente ha, abiertamente, codiciado”.
“Aunque Machado, en última instancia, dijo que dedicaba el premio, a Trump, su aceptación del premio fue un ‘pecado supremo’, dijo una de las personas”, según el medio de comunicación.
De acuerdo con la misma versión periodística, la fuente dijo, al Post, que, “si ella lo hubiese rechazado, y hubiese dicho ‘no puedo aceptarlo porque es de Donald Trump’, ella sería, hoy, la presidenta de Venezuela’”.
Entre otros momentos de su visita a Estados Unidos, Machado desarrolló, el 16 de enero
-un día después de la vergonzosa reunión con Trump-, también en Washington, una conferencia de prensa organizada por la Fundación Heritage (Heritage Foundation) -un tanque de pensamiento ultraderechista estadounidense-.
Precisamente, el tóxico plan de gobierno del trumpismo está simbióticamente vinculado al Proyecto 2025.
Tal es el nombre corto de una propuesta de 922 páginas, consistente en 30 capítulos distribuidos en cinco secciones, titulada “Mandato para Liderazgo 2025: La Promesa Conservadora” (“Mandate for Leadership 2025: The Conservative Promise”), en cuya elaboración -dirigida por la fundación-, participaron ex altos funcionarios del primer régimen trumpista (2017-2021) y otros allegados al autócrata.
Elaborada durante 2022, y dada a conocer en 2023 -pensando en la reelección de Trump-, la iniciativa prevé, entre sus objetivos centrales, una profunda restructuración del Poder Ejecutivo, creando una blindada inmunidad, para proteger, a quien ejerza la presidencia
-Trump, o cualquier otro republicano-, contra eventuales demandas judiciales por abuso de autoridad u otras variantes de corrupción.
Establecida en 1973, la fundación -que asesora a gobiernos republicanos- se posicionó, como una voz de la extrema derecha estadounidense, durante la administración (1981-1985, 1985-1989) de Ronald Reagan -el pésimo actor y peor presidente en cuya gestión la entidad tuvo notoria influencia-.
En su sitio en Internet, la fundación indica que sus tres declarados objetivos principales son los de “proporcionar soluciones, investigando, desarrollando, y promoviendo soluciones innovadoras”, además de “movilizar a los conservadores, uniendo al movimiento conservador para que trabaje unido”, lo mismo que “capacitar a líderes, preparando a las futuras generaciones que liderarán a Estados Unidos”.
También asegura que, “ahora, más que nunca, el pueblo estadounidense necesita a un defensor quien preserve el gran experimento estadounidense y todo lo bueno y lo justo que representa” -o sea: la esencia del imperialismo gringo-.
Con ese prontuario, la fundación organizó el diálogo -que se desarrolló, indistintamente, en inglés y en español, dependiendo del idioma de las preguntas- entre Machado y medios de comunicación estadounidenses e internacionales.
La conferencia de prensa dejó claramente establecido que, no obstante su flagrante obsecuencia, la venezolana no consiguió nada de lo que quiere -ni la garantía de liderazgo en el proceso político en desarrollo, ni información privilegiada sobre un plan de transición, ni la seguridad de que será presidenta-.
Lo que obtuvo, en la Casa Blanca, fue su oportunidad foto (photo op), y espacio/tiempo para exhibir, en privado y públicamente, su incondicional -o arribista- trumpismo.
La interlocución con periodistas también sirvió para que Machado se mostrase como irreconciliable enemiga del régimen -particularmente, de figuras clave como son Rodríguez y Cabello-.
Al mismo tiempo -quizá previsoramente- se proyectó como allegada a un sector -al que definió como ampliamente mayoritario- de la Fanb, no así de los segmentos más represivos de la comunidad de espionaje -en particular, la Dirección General de Inteligencia Militar (Dgcim) y la Casa Militar-.
La Dgcim –por definición oficial, “somos el escudo protector de la Fanb”-, tiene el cometido de garantizar la lealtad de los integrantes de las fuerzas militares, y opera, desde 2014 -el año siguiente a la instalación de Maduro en el poder-, como uno de los principales instrumentos de persecución antiopositora -lo que ha significado la comisión, documentada por Naciones Unidas y por oenegés de derechos humanos, de crímenes de lesa humanidad-.
La Casa Militar, es la denominación más conocida de la Guardia de Honor Presidencial (GHP), formalmente encargada, como tarea principal, de la seguridad de quien ejerce la presidencia venezolana y su familia, aunque, en sus filas, personal de fuerzas de seguridad y de segmentos de inteligencia involucradas en represión antiopositora -por lo tanto, directamente responsables de violaciones a los derechos humanos-.
Respecto a las Fanb, la opositora dijo, en la conferencia de prensa, que “la estructura represiva (…) tiene anuladas a las fuerzas armadas, que, en estos momentos, es el Dgcim, y, también, la Casa Militar -en la cual, también, tiene gran control Diosdado Cabello-, con enormes tensiones en el alto mando militar”.
Según Machado, “las fuerzas armadas, en más del 80 por ciento, están con nosotros”, y “esto es algo que régimen lo sabe”, además de que Maduro “sabe que las fuerzas armadas repudian este sistema, tanto como el resto de los ciudadanos en nuestro país”.
“Pero las fuerzas armadas están amarradas, neutralizadas, aterrorizadas por la estructura represiva del Dgcim”, afirmó, para, a continuación, subrayar que “esa es la estructura criminal que hay que terminar de desmontar”.
Respecto a la conversación en la Casa Blanca, Machado aseguró -en una declaración general, en inglés, previa a responder preguntas-, que, “ahora, enfrentamos un proceso muy complejo, delicado”.
“Y, como venezolanos, estamos absolutamente agradecidos, con el presidente Trump, su equipo, su administración, y el pueblo de Estados Unidos, porque tomó mucha valentía, hacer lo que hizo” -en referencia a la agresión bélica, del 3 de enero, a Venezuela-.
“Y lo hizo, sí, en nombre del pueblo estadounidense, pero también porque se preocupa por el pueblo de Venezuela, y me dijo eso, ayer”, planteó, a continuación.
“Y creo que ese fue el mensaje más importante que puedo llevar de regreso a mi país: decirle, al pueblo venezolano, que el pueblo estadounidense -y el presidente de Estados Unidos-, verdaderamente, se preocupa por la vida, el bienestar, y el futuro”, agregó.
También señaló que, “lo único que quiero asegurarle, al pueblo venezolano, es que Venezuela va a ser libre, y eso se va a lograr con el apoyo del pueblo de Estados Unidos y el presidente, Donald Trump, de Estados Unidos”.
En una de las escasas referencias puntuales a su aspiración en materia de poder, dijo que “estamos enfrentando tiempos de retos por venir, y estamos dispuestos a hacer lo que sea necesario, como gobierno legítimo”.
“Edmundo González Urrutia y yo hemos estado en comunicación, permanentemente, todos estos días, y nos sentimos no sólo con un mandato del pueblo venezolano (…) para tomar el gobierno, cuando llegue el momento adecuado”, agregó en ese sentido.
Aparte de las obvias vaguedades sobre las supuesta buenas intenciones de Trump y el régimen Maga hacia Venezuela y los venezolanos, Machado eludió referirse, concretamente, a logros concretos -más allá de la entrega del premio Nobel- como resultado de la reunión .
Ello, no obstante preguntas precisas: “qué le dio, el presidente, a usted?”, “un reconocimiento de su legitimidad como opositora con el mandato de encabezar esta transición en Venezuela?”.
La opositora respondió con evasivas tales como que “yo no vine a buscar nada, para mí”, y que “yo estoy aquí, en representación del pueblo de Venezuela, que eligió, a Edmundo González Urrutia, como presidente electo” -en una de las apenas tres referencias a su reemplazante en la fórmula presidencial opositora para 2024-.
“Yo vine, a reunirme con el presidente de los Estados Unodos, en representación del pueblo de Venezuela, que nos dio un mandato, el 22 de otubre del 2023 -cuando yo recibí más del 92 por ciento de los votos, en las primarias-, y el 28 de octubre del 2024 -cuando Edmundo González Urrutia, en las condiciones más extremas y fraudulentas, recibió 67 por ciento de los votos de los venezolanos, y lo probamos, y lo probamos-”, reafirmó.
“Vine a recibir, de parte de él, un mensaje para los venezolanos, y es la seguridad de que contamos, con los Estados Unidos, para avanzar en una ruta donde se haga respetar la soberanía nacional, la libertad, la democracia, y la justicia”, expresó, en la misma tónica.
Y, planteando un concepto vago, considerablemente repetido durante la conferencia de prensa, dijo que “hay un proceso, muy complejo, en marcha -lo sabemos-, pero se están dando pasos”.
A manera de aclaración, aseguró que “entendemos que esto es un proceso complejo, del cual nosotros somos parte, y queremos y estamos contribuyendo” -aunque no en la ansiada posición de liderazgo que, no obstante los esfuerzo por halagarlo, y por llegarle al desmedido ego, Trump no le ha asignado-.
También respondió evasivamente a una pregunta sobre mayor precisión respecto al diálogo con Trump.
“Los detalles de la conversación con el presidente, no los voy a hacer públicos (…) fue una conversación privada”, agregando, solamente, que “insistí en mi deseo de regresar, a Venezuela, lo antes posible, y lo voy a hacer: voy a regresar a Venezuela, lo antes posible”.
También aseveró que “yo, sentí un enorme respeto, hacia el pueblo de Venezuela, ayer, cuando entramos en la Oficina Oval”.
“Y no sé cuánto iba a durar la reunión, pero la verdad es que sentí que pasaba el tiempo, pasaba el tiempo, podíamos conversar de todos los temas, con absoluta honestidad”, agrego.
A manera de autopublicidad, subrayó que “yo digo lo que siento, lo que pienso, y con mucho respeto, sin lugar a dudas -estoy, nada más y nada menos que en la oficina del presidente de los Estaos Unidos, frente al presidente de los Estados Unidos-, pero consciente de la responsabilidad de este momento único”.
“Me impactó la preocupación que él me transmitía sobre la situación de los venezolanos, hoy”, agregó, destacando el dato de que se encontraba “nada más y nada menos que en la oficina del presidente de los Estaos Unidos, frente al presidente de los Estados Unidos”.
“Yo, ahí, pude tener una conversación con un ser humano que le duele lo que están viviendo los venezolanos, que le preocupa, y que está genuinamente comprometido con su bienestar”, siguió adulando.
“Por eso, yo salí, realmente, convencida de que lo que necesitamos, para sumar a todas las fuerzas organizacionales, en un genuino liderazgo global, está, está en la Casa Blanca, y creo que servirá para aquellos líderes globales o mundiales que no han tenido la determinación de llamar las cosas por su nombre”, aseguró, reafirmado su alineamiento con el trumpismo imperialista/guerrerista.
Quizá como tratando de restar magnitud al hecho de que Trump -al menos, de momento- está desestimándola como dirigente, expresó que “yo soy sólo un miembro de un enorme movimiento de millones de venezolanos que han decidido que están comprometidos con ser libres”.
“Y no tengo duda de que el presidente Trump, su administración, y el pueblo de Estados Unidos apoyan la democracia, la justicia, la libertad, y el mandato del pueblo de Venezuela”, reafirmó.
En síntesis: la táctica de manipular el ego del tirano estadounidense, fue un fracaso, y dejó, a Machado, literalmente, con las manos vacías -sin medalla “Noble”, y sin reconocimiento como líder-.
En marcado contraste con la afinidad con Trump, la opositora fue severamente crítica de Rodríguez, la opción del imperio para reemplazar al depuesto dictador, sin derribar -al menos, de momento- al régimen.
La decisión -obviamente coyuntural- puede leerse como simultáneamente política y psicológica, ya que presenta, al dictador estadounidense, por una parte, como el tirano regional que doblegó a la antimperialista Revolución Bolivariana, y, por otra, como el dueño de la finca latinoamericana/caribeña llamada Venezuela.
“Delcy Rodríguez, sí, es una comunista, es la principal aliada y representación del régimen ruso, de los chinos, y los iraníes, pero eso no es el pueblo venezolano, y eso no es las fuerzas armadas, además”, dijo.
También planteó que, “de la señora Delcy Rodríguez, creo que la justicia de los Estados Unidos tienen suficiente información, y la justicia internacional”.
“Solamente, les recuerdo que no solamente, ideológicamente es comunista -y muy fanatizada- pero, además, ha ido, en el cargo de vicepresidente, quien ha supervisado y ejecutado todo el proceso de represión, en Venezuela”, aseguró, a manera de denuncia.
“Es decir, los centros de tortura están bajo su dirección, y han estado bajo su dirección, es responsable directa”, a lo que se suma el hecho de que “ha sido parte del diseño de bypassear (eludir) las sanciones de los Estados Unidos -la justicia de los Estados Unidos-, para poder obtener y seguir haciendo transacciones financieras con países que son enemigos de los Estados Unidos”, agregó.
“Entonces, queda muy claro cuál ha sido su perfil”, señaló, además de puntualizar -en este caso, con plena precisión- que “la señora Delcy Rodríguez, lo que está, en este momento, es cumpliendo órdenes”.
“Ella no está en un acuerdo, ni motus propio (sic), ni cómoda: ella está cumpliendo órdenes”, reafirmó.
“Porque, al final, si algo demostró el 3 de enero, es que tenía que haber una amenaza real, tenía que haber fuerza real, el costo de quedarse en el poder, tenía que ser más alto que el costo de la salida, para que se diera ese cambio de actitud en el régimen”, puntualizó, a continuación -exhibiendo flagrante belicismo-.
Pero Rodríguez se proyecta, públicamente, como una líder con poder, una revolucionaria inclaudicable, una tenaz antimperialista -todo lo cual es, al menos en este momento, patéticamente falso-.
La madrugada del 3 de enero, la Revolución Bolivariana fue traicionada por Cabello, Padrino, los hermanos Rodríguez, entre otros máximos jefes del régimen quienes, desdiciéndose de su discurso supuestamente revolucionario, optaron por, oportunistamente, arrodillarse frente al imperio.
En una actitud negacionista -que quizá creen solamente los acríticos seguidores de Maduro, tan mediocres como los irracionales seguidores de Trump-, luego de su juramentación, el 3 de enero, por su hermano presidente de la Asamblea Nacional, como presidenta encargada (interina), Rodríguez mantiene -obviamente autorizada por el imperio-, lo que pretende ser un discurso de dignidad.
Al hacerlo, procura, entre otros mensajes, distanciarse del servilismo de Machado, sin tomar en cuenta el patético papel que seguirá desempeñando mientras su jefe en la Casa Blanca le atribuya utilidad -y la mantenga en la nominal presidencia interina-.
Por ejemplo, el presentar, el 15 de enero, en la Asamblea Nacional -en nombre de Maduro-, el anual informe de labor presidencial, dijo, en referencia a la reunión Trump-Machado, que, “si algún día, me tocase, como presidenta encargada, ir a Washington, lo haré de pie, caminando, no arrastrada” -de momento, está arrodillada-.
Y, haciendo alusión a la acción bélica del 3 de enero, dijo que “cuando cruzaron una línea roja, atacaron, agredieron, invadieron, y secuestraron al presidente Maduro y a la primera dama” -todo lo cual es, indudablemente, verdad-.
Según Rodríguez, ello significa que el vínculo Estados Unidos-Venezuela está dañado: “hay una mancha, en nuestras relaciones”.
“Y esa mancha, dijimos que la vamos a resolver diplomáticamente”, agregó, probablemente tratando de ahuyentar la posibilidad -no descartable- de una nueva invasión, para llevarse a los maduristas que creen -o dicen creer- que siguen en el poder.
“Sabemos que son muy poderosos, sabemos que son una potencia nuclear letal, hemos visto su expediente en la historia de la humanidad, y no tenemos miedo a encarar, diplomáticamente y a través del diálogo político, para resolver, de una vez, y para siempre, esta contradicción histórica”, aseguró, notoriamente bajando el tono del habitual discurso chavista/madurista.
En realidad, la mancha mayor, la indeleble, es la que los supuestos revolucionarios echaron, el 3 de enero, sobre la Revolución Bolivariana: el imperio no solamente los doblegó sino que, mientras le convenga, los tiene a su servicio.







