Un homenaje merecido, una verdad a medias
Naciones Unidas dio aprobación, hace casi ocho décadas, al Plan de Partición de Palestina, creando, al hacerlo, dos estados, para que conviviesen armónicamente.
La idea original apuntó a que ambos se desarrollaran integralmente, incluyendo lo económico y lo comercial -en el texto, se precisó que se trató de un “Plan de Partición con Unión Económica” (“Plan of Partition with Economic Union”)-.
La Resolución 181 de la Asamblea General de las Naciones Unidas fue, en 1947, el vehículo para la puesta en práctica de la iniciativa mediante la cual los pueblos
árabe-palestino y judío estuvieron en el umbral de la cohabitación, implícitamente -quizá sin saberlo- implementando el fenomenal principio juariano de que, “entre los individuos, como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz”.

Uno de los principales autores del plan -quien se constituyó en un factor determinante para la elaboración, la promoción, y la aprobación de la iniciativa-, fue el primer embajador de Uruguay (1945-1961) en Naciones Unidas, el profesor Enrique Rodríguez Fabregat (1895-1976)
La entonces recién creada (1945) organización mundial consistía en 57 países, 33 de los cuales -Uruguay, incluido- votaron a favor de la propuesta, mientras 13 lo hicieron en contra, y 10 se abstuvieron, habiéndose registrado una ausencia -Siam, la actual Tailandia-.
La histórica votación se llevó a cabo el 29 de noviembre de 1948.
Simultáneamente a la creación de ambos estados, el plan estableció un administrativo “régimen internacional especial” para la ciudad de Jerusalén, sitio sagrado para las tres mayores religiones monoteístas de la humanidad -en estricto orden alfabético: cristianismo, islam, judaísmo-.
Ubicada en el sector central de la Tierra Santa -los actuales estados judío y palestino-, Jerusalén alberga los destacados centros de veneración y peregrinación respectivamente conocidos como Santo Sepulcro (cristianismo), Mezquita de Al-Aqsa, Cúpula de la Roca (islam), Muro de los Lamentos (judaísmo).
Judíos y palestinos la reclaman como la capital de su Estado.
El plan de partición previó, asimismo, la designación de una comisión -integrada por representantes de cinco países miembros de Naciones Unidas- para que asumiera la administración temporal de los dos estados.
Como parte del mandato, la comisión “seleccionará, a la mayor brevedad posible, un Consejo Provisional de Gobierno” para cada estado, se precisó en el plan, además de que “las actividades de ambos Consejos se llevarán a cabo bajo la dirección general de la Comisión”.
También se previó un lapso conducente a la declaración de independencia de las dos nuevas entidades nacionales.
“El período comprendido entre la adopción (del plan de partición) por la Asamblea General (…) y el establecimiento de la independencia de los Estados árabe y judío será un período de transición”, según el extenso documento.
Igualmente, se determinó que, en ese cuadro de situación, “los Estados árabe y judío independientes y el Régimen Internacional Especial para la Ciudad de Jerusalén (…) entrarán en existencia (…) en ningún caso más tarde del 1 de octubre de 1948”.
El concepto de simultaneidad quedó, en ese enunciado, claramente establecido para la totalidad del proceso de independencia.
Pero el sionismo decidió violar lo establecido en el plan, y su dirigente judío polaco David Ben-Gurion (1886-1973) unilateralmente anunció, al mundo, el 14 de mayo de 1948
-menos de seis meses después de la aprobación-, la independencia israelí.
Al mismo gtiempo, Ben-Gurion inauguró el cargo de primer ministro de Israel -posición que ocupó en 1948-1953, y en 1955-1963-.
Apenas instalado, el régimen sionista israelí perpetró la violenta expulsión masiva de palestinos, de sus lugares de origen, en el brutal acotecimiento que fue denominado, por las víctimas, como al-Nakba (en árabe: la catástrofe).
Además de la expulsión, las víctimas sufrieron el robo -o la destrucción- de su patrimonio, al tiempo que las ciudades, los barrios, la aldeas que ancestralmente habitaron hasta entonces, fueron, en gran proporción, arrasadas.
Las viviendas que se salvaron de la destrucción, pasaron a ser ilegalmente ocupadas por judíos eufemísticamente/manipuladoramente denominados “colonos”.
Además de lo anterior, el unilateral accionar sionista desencadenó la primera de las recurrentes guerras árabe-israelíes, conflicto armado que tuvo duración de aproximadamente un año (1948-1949).
Quedó, con ello, evidenciada la intención del sionismo imperialista/guerrerista de, a partir de la consolidación del estado judío, anexar la totalidad de Palestina -así como territorios de otros países de Oriente Medio- para hacer realidad el proyecto expansionista denominado Gran Israel (en hebreo: Erezt Yisrael Hashlema, en inglés: Greater Israel).
Es el plan expansionista con el cual se ha identificado el guerrerista primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu -un delincuente con orden internacional de captura por crímenes de lesa humanidad, quien enfrenta, en Israel, cargos penales por actos de corrupción-.
Investigadores académicos han coincidido, desde entonces, en describir -correctamente- la Nakba, como una criminal operación militar de limpieza étnica antipalestina.
Desde entonces, el pueblo palestino es bestialmente victimizado por el extremista sionismo nazi, contexto en el cual, casi ocho décadas después de aprobado el plan de partición, la satanización de esa comunidad árabe presenta -a partir de la noche del 7 de octubre de 2023- características de crueldad ilimitadamente mayor y ascendente.
Esa fecha, marcó el inicio del genocidio que tiene lugar en la palestina Franja de Gaza -que no es sino el exterminio poblacional con miras a la consolidación de la imperialista Gran Israel-.
En síntesis: la Nakba actual es una versión actualizada, perversamente perfeccionada, de la primera -y su objetivo central es el mismo: la consolidación de la Gran Israel-.
A raíz de la violación judía, en 1948, del plan de partición, Rodríguez Fabregat advirtió que, mientras el Estado de Palestina no fuese reconocido y su soberanía no fuese respetada, no habría paz en Oriente Medio.
Conocido en Naciones Unidas -y en otros ámbitos- como El Profesor, el antiprotocolario/izquierdista uruguayo fue, respecto a Palestina, inclaudicable defensor del derecho, lo mismo de judíos que de árabes, a tener Estado, a que la soberanía de cada Estado fuese respetada, y a que ambas entidades nacionales conviviesen armónicamente.
Dado que el proceso que condujo a la aprobación del plan se enmarcó en la inmisericorde victimización de los judíos europeos por parte del sanguinario/corrupto nazismo alemán, la atención se centró, considerablemente, en la dramática situación de ese sector poblacional de Europa.
En consecuencia, lo que fue definido entonces como “el problema judío”, requería urgente solución, y el hecho de judíos europeos estaban migrando y estableciéndose, de facto, en Palestina, planteaba la también urgente necesidad de dar espacio físico a ambas comunidades.
En tal contexto, el Profesor se refirió, reiterada y apasionadamente, a la urgencia existencial de los judíos quienes, llegados de Europa a causa de la persecución antisemita, necesitaban, urgentemente, habitar un país propio.
Al mismo tiempo, y con la misma pasión, defendió el igualmente válido derecho del pueblo palestino, a tener país.
A causa de la notoria influencia económica/social/política del sionismo, a nivel planetario, la narrativa en torno a la determinante gestión de Rodríguez Fabregat suele -conveniente y erróneamente- centrarse en que “dio el voto decisivo para la creación del Estado de Israel”.
No -o, no el todo así-.
Lo que hizo, fue votar a favor de lo que, casi ochenta años después, sigue siendo “la solución de dos estados”.
Lo que hizo, fue votar a favor de la creación de dos entidades nacionales igualmente válidas, igualmente respetables, igualmente necesarias.
Lo que hizo, fue promover la equidad geopolítica, la igualdad de oportunidades, la mejor solución posible, para lo cual previó la combinación de dos componentes humanitarios clave: la urgente necesidad de proteger a las víctimas de la persecución antijudía europea
-de alguna manera, establecer compensación colectiva, principalmente después de la barbarie nazi-, y el incuestionable derecho palestino -igual que el judío- a soberanía, autodeterminación, paz.
El Profesor lo dijo, claramente -como el fenomenal orador e intelectual que fue-, al explicar su voto a favor de la Resolución 181 -ergo, a favor del plan, no sólo del estado judío-.
“No se trata de trazar una raya vertical sobre el mapa, no se trata de trazar un límite sobre la tierra”, comenzó a razonar, con plena claridad -ejerciendo, ahora en un aula mundial, su condición de docente-.
“Se trata de colocar en buena situación, en buenas condiciones de vida, a los dos pueblos de un mismo territorio que necesita, primero, la separación de sus comunidades políticas, y, segundo, el mantenimiento de aquella unidad económica que ha de dar forma persistente, de progreso y de vida, a su trabajo y a su voluntad creadora”, dijo, además.
El uruguayo aseguró, asimismo, que “los dos pueblos están en plena madurez para su independencia”, y reflexionó que “no estamos, aquí, enseñando cartillas de organización a dos pueblos balbuceantes, a dos pueblos en la alborada de su destino”.
“La realización judía en Palestina, tiene, bajo tantos aspectos -y encuéntreselos en cualquiera de los informes de Unscop-, una categoría ejemplar” señaló, a continuación.
El orador hizo, así, referencia a la sigla del nombre en inglés, del Comité Especial de las Naciones Unidas para Palestina (United Nations Special Committee on Palestine, Unscop).
“Y la calidad del pueblo árabe para decidir -por su trabajo, por su acción, y por su virtud- la forma de su propio destino, está asistida no sólo de la calidad de su realización actual sino del antiguo y glorioso historial de su raza”, destacó, aplicando la equidad con la que, invariablemente, enfocó el tema.
“Los que estamos aquí votando por la partición, no votamos en contra de ninguno de estos dos pueblos, en contra de ninguno de estos dos sectores de la realidad social de Palestina: estamos votando por los dos, por su progreso, por su civilidad, por su avance en la comunidad de las naciones, por sus dos pueblos, por sus multitudes actuales, por que estas similitudes actuales no choquen más”, aclaró, proyectando, invariablemente, la visión equilibrada/justa/equitativa con la que desarrolló su decisiva labor.
“Si estos dos pueblos han de continuar dentro de esta norma trazada -y es de desear, ardientemente, que así sea-, si estas dos unidades sociales han de entrar, con la categoría de estados independientes, estarán aquí, en breve, entre nosotros”, vaticinó, esperanzado.
“El Uruguay está del lado de los que afirman la creación de dos Estados Independientes, en Palestina, para que se incorporen, con su progreso y su civilidad, a la comunidad de las naciones democráticas del mundo”, anunció.
Es evidente que, si bien la dramática situación de la comunidad judía europea tras el final de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), estaba -lógicamente- en el centro de la atención humanitaria mundial, Rodríguez Fabregat no se parcializó, no perdió objetividad, no desestimó el necesario plano de igualdad sino que mantuvo, permanentemente, como preocupación prioritaria, la equidad en el trato de judíos y palestinos.
Pero la conceptualización igualitaria que inyectó al plan, suele quedar convenientemente fuera de la manipuladora narrativa sionista, al margen del relato parcializado con el cual el sionismo imperialista/guerrerista pretende apoderarse de la figura del Profesor, de su fenomenal aporte al contenido del plan, de su inagotable creatividad, de su indetenible impulso a la iniciativa, de su natural humanismo.
Lo hace, profesando ilimitada/permanente admiración por Rodríguez Fabregat, a partir de la cual trata de presentarlo como defensor únicamente de los derechos del pueblo judío.
Pero el Profesor fue un permanente luchador por los derechos humanos -con intenso énfasis en las garantías de los niños-.
En este activismo, también fue un destacado/inclaudicable referente, por ejemplo, en la lucha internacional contra el criminal/corrupto/racista régimen de apartheid (separación, en la lengua local afrikaans), con el cual la minoría blanca de Sudáfrica -lo mismo que la de África Sudoccidental (la limítrofe y actual Namibia)- sojuzgó, bestialmente, durante casi medio siglo (1948-1990), a la originaria y abrumadoramente mayoritaria población negra.
Algo que la estrecha/autocentrada visión del sionismo no tiene en cuenta es que la figura del Profesor es de dimensión universal, que el admirable trabajo que realizó en el caso de Palestina -como en todas sus actuaciones públicas- fue de absoluta independencia, de plena autonomía, jamás sometido al autoritarismo de ningún imperio, de ningún interés capitalista, de ninguna tiranía.
Ejemplo de ello es la puesta en su lugar que, admirablemente, aplicó al último alto comisionado británico impuesto, por la Liga de las Naciones (1920-1946) -antecesora inmediata de Naciones Unidas-, a Palestina -región que fue, de ese modo, administrada por el Reino Unido, desde 1920 hasta 1948, el año de aprobación el plan-.
En su calidad de integrante de Unscop, durante una visita que el grupo internacional de trabajo realizó a Palestina -en el marco de la elaboración del plan de partición-, Rodríguez Fabregat dio una de tantas muestras de su fenomenal calidad humana/intelectual/política.
En determinado momento de la conversación, el que estaba por ser el último alto comisionado y comandante en jefe de Palestina, el general irlandés Alan Cunningham -con monárquico título de Sir-, trató, con insolencia colonialista, de demeritar el trabajo del comité.
Según lo frecuentemente relatado por el Profesor, la presencia del grupo internacional de trabajo molestó al arrogante militar, quien, a manera de menospreciante advertencia, dijo a los diplomáticos: “esta es una comisión más, que viene a tratar de quitarnos de aquí”.
La demoledora respuesta de Rodríguez Fabregat -representante de la entonces más sólida democracia sudamericana, un dirigente cuyo origen político estuvo en el anarquismo, hijo de un exiliado maestro andaluz antimonárquico- fue instantánea: “sí, esta puede ser una comisión más, pero es la última”.
Punto. Fin de discusión.
Fue una poderosa/incuestionable muestra de dignidad -personal y latinoamericana- para callar a un insolente colonialista europeo -en este caso, representante de una monarquía, parasitaria y corrupta como todas-.
Otra muestra fue administrada, por el Profesor, a representantes de La Agencia Judía para Israel -más conocida como la Agencia Judía- (en su versión en inglés: The Jewish Agency for Israel -más conocida como the Jewish Agency-), la organización que, creada en 1929, llevó a cabo intenso lobby, en Naciones Unidas, para la aprobación del plan de partición
-con interés, únicamente, en la parte judía, como no podía ser de otra manera-.
Según la autodescripción -en el sitio de la entidad, en Internet-, la visión de la agencia consiste en “un Pueblo Judío seguro, diverso y próspero, unido por nuestra herencia y por nuestro compromiso con Israel, patria del Pueblo Judío”.
Respecto a la misión que cumple, la entidad señala, en el mismo ciberespacio, que “actúa colectivamente para para fortalecer a Israel y al pueblo judío en todo el mundo, promoviendo la Aliá como un valor fundamental”.
Ello, “profundizando las conexiones entre nuestra familia judía global, apoyando la resiliencia y la seguridad de las comunidades judías globales y alentando a cada persona judía a comprometerse con Israel”, según la misma fuente.
Aliá (en hebreo: Aliyah, ascenso) es el término con el cual los judíos se refieren a su inmigración, desde Europa, en Palestina.
Un grupo de integrantes de alto nivel de la agencia visitó a Rodríguez Fabregat, en 1946 o 1947, en el apartamento -lo opuesto a una mansión- que el Profesor alquilaba -junto con su esposa, la también uruguaya Dinorah, y su segundo hijo- en un hotel en Greenwich Village, en la nororiental ciudad estadounidense de Nueva York.
El grupo -como hizo, con éxito, en otros casos-, prometió dinero, al embajador uruguayo, y, a manera de “valor agregado”, el financiamiento de la educación de su segundo hijo -de, entonces alrededor de dos años-, desde la etapa preescolar hasta su graduación universitaria, a cambio del voto favorable al plan de partición.
La respuesta del invariablemente ético Profesor fue ordenar, enérgicamente, al grupo, que se retirase, subrayar que nunca más volviese a formularle un ofensivo ofrecimiento de soborno, y que, si los judíos demeritaban su propia causa descendiendo a tales niveles de abyección, dejaría de apoyar/promover el plan.
El principal integrante del grupo -el judío argentino Moshe Tov, secretario de la agencia, con quien Rodríguez Fabregat llegó a desarrollar amistad en grado de hermandad-, se encargó de solicitar las disculpas del caso, y de garantizar que el patético incidente no se repetiría -lo que así fue-.
Sin embargo, hechos como los señalados aquí, a manera de ejemplo -incluido el prioritario componente de equidad entre judíos y palestinos-, que proyectan la verdadera dimensión humana del Profesor, suelen quedar fuera de la manipuladora narrativa sionista que pretende dar, al inclaudicablemente ético/incorruptible/independiente personaje histórico uruguayo, una imagen parcializada/proisraelí -por lo tanto, malintencionadamente falsa-.
El plan estableció, entre otras disposiciones, que el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas “determinará como amenaza a la paz, quebrantamiento de la paz o acto de agresión (…) todo intento de alterar por la fuerza el arreglo previsto en esta resolución”.
Es, exactamente, lo que hizo, hace casi ocho décadas -y continúa, recurrentemente, haciendo- el imperialista sionismo guerrerista que gobierna a Israel.
En Uruguay, existe la Comisión Prof. Enrique Rodríguez Fabregat, que homenajea al Profesor, manteniendo la memoria histórica -enfocada en la parte judía- de su actuación específicamente referida al plan de partición.
La comisión reproduce, textualmente, en su sitio en Internet, pasajes de la admirable intervención del uruguayo, en la histórica sesión de la Asamblea General de las Naciones Unidas, para explicar su voto -exposición en la que, reiteradamente, hizo clara/tenaz/equitativa referencia a la creación de ambos estados-.
No obstante ello, en la breve biografía que presenta del uruguayo, la comisión insiste en la manipuladora parcialización sionista: “su aporte fue fundamental para el establecimiento del Estado de Israel”.
No. Solamente “del Estado de Israel”, no.

Durante una reciente actividad, llevada a cabo en Montevideo, la capital uruguaya, la comisión presentó un libro que, según la convocatoria, contiene “las memorias de Rodríguez Fabregat”.
El trabajo, titulado “Sión: rebelión y cumplimiento. Dos capítulos del manuscrito inédito de Enrique Rodríguez Fabregat”, incluye esos pasajes del inconcluso libro con el cual el Profesor quiso dar a conocer los detalles del proceso que condujo a la creación de los dos estados.
El panel de varios expositores participantes en la presentación, incluyó a los ex presidentes uruguayos Julio María Sanguinetti (1985-1990, 1995-2000) -ex correligionario del Profesor- y Luis Alberto “Cuqui” Lacalle Herrera (1990-1995).
Todas las intervenciones fueron justa y conmovedoramente elogiosas de Rodríguez Fabregat -destacando su fenomenal calidad como orador, como intelectual, como humanista-.
Sin embargo, el enfoque prevaleciente fue el de destacar que trabajó y votó a favor de la creación del Estado de Israel, lo cual, en el mejor de los casos, constituye una verdad
-literalmente- a medias.
Para contrarrestar esa narrativa simplista/sesgada, que el sionismo insiste en imponer, es que decidí presentar, aunque sea brevemente, la esencia del verdadero pensamiento de Rodríguez Fabregat respecto a Israel y a Palestina.
Lo hice, porque conocí, de cerca, al Profesor: soy el segundo de sus tres hijos.







