Un narcisista cree que es Dios, un golpe de Estado que empezó hace cuatro años, un plan turístico apoyado sobre una masacre

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La violenta toma del Capitolio, el 6 de enero de 2021, por parte de una irracional horda trumpiana, no fue un intento golpista: fue el inicio de la quiebra del orden constitucional que, tras un paréntesis de cuatro años, tiene continuidad en Estados Unidos.

Reinstalado en la Casa Blanca, el narcisista Donald Trump está, peligrosamente, jugando a que es Dios, en pose de rediseñar, institucionalmente, a la nación norteamericana, así como, geopolítica y geográficamente, al mundo.

Dentro del país está -con la falsa etiqueta de combatir ineficiencia y corrupción- demoliendo la histórica estructura institucional del Estado -con notoriamente particular interés en las áreas de manejo de dinero, lo mismo emitiéndolo que distribuyéndolo-.

Fuera de la Unión, está -en demencial grado de imperialismo- ejerciendo tóxica incidencia en el comercio mundial, amenazando con anexar territorios soberanos de países, y, como el corrupto/insensible empresario que es, anunciando la construcción de un lujoso desarrollo inmobiliario/turístico en un lugar donde se desarrolla una guerra de exterminio.

Para cumplir su irracional “misión divina”, el desquiciado autócrata cuenta con el decisivo apoyo de un expeditivo/insensible lugarteniente, el oportunista billonario sudafricano
-naturalizado canadiense y estadounidense- Elon Musk, operando, de facto -sin reforma constitucional-, como co-presidente.

El caótico inicio de su segundo período presidencial (2027-2021, 2025-2029)
-algo más de tres semanas, al redactar esa nota- ha sido una muestra de lo que espera -a Estados Unidos, en particular, y, al mundo, en general- en el marco de la restauración del régimen trumpista -mediáticamente denominada “Trump 2.0”-.

El discurso es dictatorial -considerablemente más que antes-, al igual que las acciones que lo acompañan -también agudizadas-, todo lo cual está, vertiginosamente, facilitando la flagrante construcción de una dictadura.

Desde el “día uno” (“day one”) de su nuevo mandato, el diluvio de decretos presidenciales
-órdenes ejecutivas (executive orders)- es incesante.

Ello se enmarca en la exagerada actividad presidencial que, ante su fascinado/cautivo/acrítico electorado, lo proyecta como el omnipresente mesías que falsamente es, y, frente a la preocupada población pensante, lo confirma como el destructor autócrata que realmente es.

Los revanchistas decretos presidenciales cubren desde convertir los aranceles comerciales en armas de dominación global, hasta perseguir brutalmente a la satanizada población inmigrante irregular lo mismo que a la sexualmente diversa, pasando por suspender la ayuda internacional, además de salir de organizaciones y acuerdos internacionales clave.

Los diktats, también permiten la instrumentalización tanto del Departamento de Justicia (Department of Justice, DOD) -para cumplir la interminable vendetta política y personal- como de la Reserva Federal (the Federal Reserve, popularmente the Fed), el banco central estadounidense -para mayor poder económico, potencial enriquecimiento ilícito-.

Algunos decretos incursionan en aspectos a primera vista absurdos/antojadizos, como la decisión de que no se acuñe más pennies (monedas de un centavo de dólar, valor que data de 1793 -o sea, 232 años-), porque cada penny, “literalmente, nos cuesta dos centavos”-.

Otras órdenes ejecutivas se refieren, entre otros temas, a “Erradicar el prejuicio anticristiano” (“Eradicating Anti-Christian Bias”), “Medidas adicionales para combatir el antisemitismo” (“Additional Measures to Combat Anti-Semitism), “Las primeras 100 horas: acción histórica para lanzar la Era de Oro de Estados Unidos” (“The First 100 Hours: Historic Action to Kick off America’s Golden Age”), “El domo de hierro para Estados Unidos” (“The Iron Dome for America”) -sistema de defensa antimisiles similar al israelí-.

Todo ello, además del componente infaltable: “Estableciendo e implementando el ‘Departamento de Eficiencia Gubernamental’ del Presidente” -piedra angular de la autocrática arbitrariedad actualmente en marcha bajo el trumpismo-.

Entre las incesantes actividades oficiales del déspota, en el despegue de su nuevo cuatrienio presidencial -período que quiere duplicar-, tuvo particular destaque el recibimiento que dio al belicista y corrupto primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, quien realizó -del 2 al 8 de febrero- la primera visita de un gobernante extranjero desde la segunda irrupción del trumpismo en la Casa Blanca.

Además de exhibir la afinidad ideológica de los dos autócratas, la presencia de Netanyahu permitió comprobar los aspectos convergentes de las respectivas visiones de “destino manifiesto” que caracterizan a los imperialismos estadounidense y sionista.

En el caso de Estados Unidos, el Destino Manifiesto (Manifest Destiny) constituye una visión mesiánica que data del siglo 19.

El nacionalista cristiano estadounidense John O’Sullivan (1813-1895) –fundador, director, y columnista de los medios de comunicación United States Magazine (Revista Estados Unidos) y Democratic Review (Revista Democrática)- lanzó, entonces, el concepto de que Estados Unidos es el país providencialmente llamado a dominar al mundo para salvarlo mediante la imposición del modelo correcto de democracia -obviamente, el gringo-.

De acuerdo con relatos históricos, O’Sullivan escribió, en 1839, un artículo de opinión en el cual aseveró que el “destino divino” (“divine destiny”) asignó, a Estados Unidos, la misión de “establecer, sobre la tierra, la dignidad moral y la salvación del hombre”.

O’Sullivan produjo el escrito, en el marco de la escalada expansionista estadounidense
-singularmente fuerte durante las décadas de 1830 y 1840-, cuando el país crecía en territorio, por la vía de la creación de estados -hasta llegar a los actuales 50-, mediante la compra o a través de la apropiación bélica.

Partidario de la independencia de Texas -hasta entonces, territorio mexicano- para su incorporación a Estados Unidos -lo que ocurrió en 1845-, el columnista escribió, ese año, el artículo que tituló “Annexation” (“Anexión”) -en el que acuñó la histórica expresión de dominación imperialista-.

Según el autor, la asimilación de Texas -como el estado número 28- debía concretarse en razón del “derecho de nuestro destino manifiesto de extendernos y poseer la totalidad del continente que la Providencia nos ha dado para el libre desarrollo del gran experimento de libertad y autogobierno federado que se nos ha confiado”.

Entre las más agresivas interpretaciones que ha tenido el destino manifiesto, se destaca la formulada, en 1859, por Reuben Davis (1813-1890) -entonces integrante, por el Partido Demócrata, de la Cámara de Representantes del sureño estado de Mississippi-.

Este personaje fue un propietario de esclavos quien sirvió, durante la Guerra Civil Estadounidense (1861-1865), en el Ejército Confederado (Confedrate Army) -la fuerza armada que fracasó en lograr la secesión de los 11 estados del sur esclavista, incluido Mississippi-.

En la desquiciada visión de Davis, el de Estados Unodos es un imperialismo sin restricción, ya que “podemos expandirnos hasta incluir el mundo entero”.

“México, América Central, América del Sur, Cuba, la Islas de las Indias Occidentales (caribeñas), y hasta Inglaterra y Francia podríamos anexar sin inconveniente”, siguió explicando, para aclarar, de inmediato, que ello se haría, “permitiéndoles, con sus Legislaturas locales, regular sus asuntos locales, a su manera”.

Algo así como convertir a los demás países, en municipalidades de Estados Unidos -tal como, en el siglo 21, Trump quiere hacer con Canadá-.

Dirigiéndose al entonces presidente del congreso de Mississippi, Davis subrayó, categóricamente: “esta, señor, es la misión de esta República, y su destino original”.

En la versión del sionismo imperialista/guerrerista, el Destino Manifiesto judío se enfoca en la construcción de la Gran Israel (the Greater Israel, y, en hebreo, Erezt Yisrael Hashlema).

En un artículo de análisis y opinión que difundieron, el 21 de marzo de 2024, en Internet, el economista, investigador, y analista político canadiense Michel Chossudovsky, y el docente universitario israelí, defensor de los derechos humanos, y sobreviviente del holocausto (genocidio de judíos europeos, en 1941-1945, por el régimen alemán nazi), Israel Shahak, abordaron, precisamente, el componente expansionista del genocidio en Gaza.

“Benjamin Netanyahu está presionando para formalizar ‘el proyecto colonial de Israel’, específicamente, la apropiación de todas las Tierras Palestinas”, denunciaron, en el extenso artículo titulado “‘Gran Israel’ entonces y ahora: el plan sionista para el Oriente Medio” (“‘Greater Israel’ Then and Now: The Zionist Plan for the Middle East”).

“Su posición, definida más abajo, consiste en la total apropiación, además de la directa expulsión, del pueblo palestino, de su patria”, plantearon.

A continuación, citaron al primer ministro israelí: “estas son las líneas básicas del gobierno nacional encabezado por mí: el pueblo judío tiene exclusivo e incuestionable derecho a todas las áreas de la Tierra de Israel” -o sea: Eretz Yisrael, o sea: Gran Israel-.

De acuerdo con la misma cita textual, Netanyahu aseveró, en calidad de flagrante amenaza a ser cumplida, que “el gobierno promoverá y desarrollará asentamientos en todas las partes de la Tierra de Israel -Galilea, el Neguev, el Golán, Judea, y Samaria-”.

Ello significa la toma de algunas áreas de los territorios, respectivamente, de Arabia Saudita, Egipto, Irak, Siria, y la totalidad territorial, respectivamente, de Israel, Jordania, Líbano, y Palestina.

Chossudovsky y Shahak incluyeron, en el análisis, el siguiente mapa de la Gran Israel -en el centro, en letras verdes y moradas, se lee: “Fronteras de la Gran Israel” (“Greater Israel’s Borders”)-:

MAPA:https://michelchossudovsky.substack.com/p/greater-israelthen-and-now-the-zionist?utm_source=post-email-title&publication_id=1910355&post_id=142823937&utm_campaign=email-post-title&isFreemail=true&r=ablom&triedRedirect=true&utm_medium=email)

En otro texto -ilustrado con el mismo mapa-, elaborado el 19 de setiembre de 2023, y actualizado el 8 de octubre del mismo año -un día después del ataque terrorista de Hamás a Israel, y del inicio del genocidio de las IDF en Gaza-, Chossudovsky explicó que “el proyecto sionista (de Gran Israel) ha apoyado al movimiento colonizador judío (en territorio palestino)”.

“Más ampliamente, implica una política de exclusión, de palestinos, de Palestina, conduciendo a la anexión, tanto de Cisjordania como de Gaza, al Estado de Israel”, agregó.

Eso es impulsado por “poderosas facciones sionistas dentro del actual gobierno de Netanyahu, del partido Likud, así como dentro del establishment militar y de inteligencia israelí”, explicó, a manera de advertencia.

Netanyahu se encargó de precisar -por enésima vez- el matonismo de la política exterior que implementa, cuando, en calidad de autodesignado dueño de la verdad, habló, el 27 de setiembre de 2024, en la 79 Sesión de la Asamblea General de las Naciones Unidas.

Al hacerlo, reiteró una serie de mentiras sionistas, como que Israel es la histórica víctima pacifista de la brutalidad belicista/terrorista árabe -particularmente, la palestina-, y que, como tal, tiene irrestricto derecho a defenderse como considere necesario.

Sumado a ello, volvió a proyectar la imagen de que Israel es constante blanco de difamación, y que una proporción considerable de las calumnias se originan, precisamente, en el podio del principal foro mundial -donde, precisamente, estaba profiriendo esas barbaridades-.

Y, al repetir la intolerante visión del sionismo gobernante en Israel, aseveró que eso no es más que antisemitismo, reafirmando la insolente posición de que cualquier crítica que se formule a su criminalidad y a su avorazado expansionismo imperialista, es persecución antijudía.

El insultante mensaje del autócrata belicista fue antecedido, varias veces interrumpido, y despedido por el aplauso y los irracionales gritos de aprobación por parte de un grupo de patéticos/incondicionales simpatizantes posicionados en el área asignada al público general.

“Después de que oí las mentiras y las difamaciones lanzadas a mi país, por muchos de los oradores en este podio, decidí venir aquí, y poner las cosas en su lugar”, aseguró, desplegando su autocrática arrogancia, reduciendo un ámbito de debate internacional a la condición de sala de sesiones del criminal gabinete militarizado israelí.

“Decidí venir aquí, a hablar por mi pueblo, a hablar por mi país, a hablar por la verdad”, agregó, obviando la monumental realidad de que un sector considerable de la población israelí lo adversa -algo que evidencian las masivas manifestaciones opositoras que, a nivel nacional, en Izal, condenan la masiva y selectivamente asesina política guerrerista y la corrupción de quien visiblemente la dirige-.

“Y aquí está la verdad: Israel busca la paz, Israel ansía la paz, Israel ha hecho la paz y hará la paz, otra vez”, mintió.

“Sin embargo, enfrentamos enemigos salvajes quienes buscan nuestro aniquilamiento, y debemos defendernos contra ellos”, planteó de inmediato.

Obscena falacia: el gobernante sionismo israelí busca el aniquilamiento -o el sometimiento- de los palestinos, para anexar el territorio del Estado árabe -de modo que la totalidad de Palestina se convierta en Israel-.

Separadas por territorio israelí, Cisjordania y la Franja de Gaza son los sectores
-respectivamente, occidental y oriental- del territorio que corresponde al Estado de Palestina -creado, en 1947, junto con el de Israel, por Naciones Unidas-, al cual el sionismo extremista se niega a reconocer.

La oriental Cisjordania -mencionada, por el oficialismo israelí, como Judea y Samaria, dos históricas ciudades de esa zona que frecuentemente es referida como la Margen o la Ribera Occidental (West Bank)-, limita, en el norte, el oeste, y el sur, con Israel, y en el este, con Jordania -separadas ambas por el Río Jordán y el Mar Muerto-.

La occidental Gaza, es fronteriza, en el norte y el este, con Israel, y, en el sur, con Egipto, además de que es bordeada, en el oeste, por el Mar Mediterráneo-.

Cisjordania, establecida sobre 5,640 kilómetros cuadrados -con algo menos de 3.2 millones de habitantes-, y gobernada por la Autoridad Palestina, es el área mayor, mientras Gaza cubre 365 kilómetros cuadrados -y su población es de poco más de 2.1 millones, es desplazada, en un noventa por ciento, por la guerra genocida en desarrollo desde el 7 de octubre de 2023-.

Gobernada, desde 2007, por el movimiento políticomilitar palestino Harakat al-Muqawama al-Islamiya -en transliteración del árabe: Movimiento de Resistencia Islámica (Hamas)-, Gaza es una de la zonas más densamente pobladas, a nivel mundial, a lo que se suma el hecho de que, a causa del inmisericorde bloqueo impuesto, desde ese año, por Israel, la aislada franja presenta algunos de los más críticos índices socioeconómicos.

Ambas extensiones territoriales palestinas están bajo ocupación por parte de las Fuerzas de Defensa de Israel (Israel Defense Forces, IDF) -Gaza, en el contexto de la presente guerra, completamente, y Cisjordania, hace décadas, en aproximadamente 90 por ciento-.

En referencia a la presunta victimización de Israel, Netanyahu presentó, en Naciones Unidas, la gastada/sesgada versión sionista respecto al inicio, el 7 de octubre de 2023, del presente genocidio impuesto a los palestinos en la franja.

Hamas perpetró, la mañana de ese día, en territorio israelí, desde la fronteriza Gaza, un ataque terrorista que cobró 1200 vidas e implicó el secuestro de 251 rehenes judíos
-incluidas mujeres-, lo mismo israelíes que de otras nacionalidades.

La respuesta, por la noche, del régimen de Netanyahu, consistió en lanzar -en presunta legítima defensa- la guerra de exterminio con la cual ha asesinado, hasta ahora, a algo más de 47 mil palestinos -la mayoría, niños y mujeres-.

Ello, además de haber destruido, selectivamente, infraestructura hospitalaria y educativa, y de recurrentemente bombardear convoyes internacionales que trasportan ayuda humanitaria de emergencia, lo que se suma al intensificado bloqueo que impide el fluido ingreso, a Gaza, de esa asistencia.

Tratando de imponer el gastado/manipulador argumento del derecho a la defensa como justificación -inaceptable- de la limpieza étnica que está perpetrando en la franja, expresó que “la maldición del 7 de octubre empezó cuando Hamas invadió Israel, desde Gaza”, y agregó: “pero no terminó ahí”.

“Israel se vio, pronto, obligada a defenderse en otros seis frentes de guerra organizados por Irán”, siguió planteando -ahora tratando, asimismo, de justificar la también inaceptable regionalización israelí de la guerra contra Gaza-.

La excusa -otra vez-: responder a ataques lanzados -desde el sur de Líbano- contra la limítrofe Israel, por parte de la musulmana organización políticomilitar libanesa Hezbollah -en transliteración del árabe: Ḥizbu-‘llāh- (Partido de Dios)-.

Y también a las agresiones de la islámica organización políticomilitar Ansar Allah (en transliteración del árabe: Seguidores de Dios) -popularmente conocida como al-Hūthiūn (en transliteración del árabe: Movimiento Houthi).

Este movimiento fue fundado en 1994, en Saada, en el extremo noroeste de Yemen -país ubicado en la zona sur de la Península Árabe, del cual fue la capital-.

Esta organización terrorista toma su nombre de la etnia Houthi -que habita el sector norte de Yemen-, a la cual pertenece la mayoría de los dirigentes de la organización.

El Movimiento Houthi, ahora con base operativa en la noroccidental ciudad de Sana’a -la capital nacional-, tiene presencia principalmente, en la franja fronteriza norte -el límite terrestre, de 1307 kilómetros, con Arabia Saudita-.

Respecto a las acciones bélicas contra Israel originadas en el sur libanés, Netanyahu aseguró que “el 8 de octubre, Hezbollah nos atacó desde Líbano”, para agregar que, “desde entonces, han disparado más de ocho mil cohetes contra nuestras localidades y ciudades, contra nuestros civiles, contra nuestros niños”.

“Dos semanas después, los Houthis en Yemen, respaldados por Irán, lanzaron drones y misiles hacia Israel, el primero de 250 ataques, incluido uno, ayer (26 de setiembre), dirigido a Tel Aviv”, agregó a la narrativa oficial judía, para contabilizar -sin mención de fuente- que “guerrilleros shiitas de Irán, en Sira e Irak, también han apuntado hacia Israel, decenas de veces, el pasado año”.

La shiita es una de las dos principales ramas del islam -la otra es la sunita-.

“Alentados por Irán, terroristas palestinos en Judea y Samaria perpetraron decenas de ataques allí, y en toda Israel”, planteó, usando, al mencionar esas dos regiones, la denominación militar israelí de Cisjordania.

“Y, en abril pasado, por la primera vez, Irán directamente atacó a Israel desde su propio territorio, disparado 300 drones, misiles cruise, y misiles balísticos contra nosotros”, agregó, de inmediato.

En tal contexto, se dirigió, específicamente, a la brutal teocracia musulmana instalada en 1979 en Irán -dictadura violadora de los derechos humanos, particularmente las garantías de la población femenina-, mencionando a Teherán, la capital nacional.

“Tengo un mensaje para los tiranos de Teherán: si nos atacan, los atacaremos”, dijo.

“No hay lugar, no hay lugar en Irán, al cual el largo brazo de Israel no pueda llegar. Y esa es la verdad de todo Oriente Medio”, advirtió, en alarde de guerrerismo imperialista.

“Y tengo otro mensaje -para esta asamblea, y para el mudo fuera de este salón-: estamos ganando”, se permitió decir, en modo de soez belicismo triunfalista, exagerando arrogancia, visiblemente disfrutando su patanería -de momento, impune-.

En ese contexto de guerrerismo imperialista israelí, complejas negociaciones -promovidas por Egipto, Estados Unidos, y Qatar- produjeron, al inicio de 2025, el acuerdo de cese al fuego entre Israel y Hamas, que vigente desde el 19 de enero, incluye la gradual liberación de los rehenes -judíos tanto israelíes como de otras nacionalidades- que Hamas mantiene en brutal cautiverio.

A diferencia del anterior intento de suspensión de hostilidades que fracasó en 2024, los esfuerzos del régimen israelí por derribar el presente acuerdo no han tenido éxito -aún-.

Hamas ha denunciado recurrentes violaciones al pacto, por parte de las IDF, en el terreno, y por parte del régimen, en cuanto a la obligada liberación de presos políticos palestinos en canje por cautivos judíos.

De modo que el estatus del acuerdo, es de precariedad con perspectiva de ruptura.

En tal cuadro de situación, Trump irrumpió en el escenario geopolítico, pateando el tablero, imponiendo -con delator lenguaje- su personal interés empresarial -no humanitario ni pacifista- en poner fin a esa guerra.

En descentrado alarde imperialista, anunció, durante la conferencia de prensa que, junto con Netanyahu, llevó a cabo, el 4 de febrero, en la Casa Blanca, la decisión de que Estados Unidos se apodere de Gaza, expulse a los palestinos, y convierta el lugar en un lujoso centro turístico internacional, transformando, a la franja, en un personalmente lucrativo proyecto inmobiliario -su especialidad empresarial-.

La revelación fue precedida por Lam propuesta, días antes, de reubicar, permanentemente -o sea, expulsar-, a la población de Gaza, en países de la zona -principalmente, el limítrofe Egipto, y la más lejana Jordania-.

Con la formulación de su proyecto de flagrante lucro empresarial a partir del drama humanitario, Trump quiere dar, a la iniciativa, una insultantemente falsa imagen de reconstrucción y desarrollo de Gaza.

También quiere disfrazar su complicidad en el histórico designio sionista de limpiar étnicamente a la franja -lo mismo que a Cisjordania- para convertir, a toda la zona palestina, en territorio israelí -flagrantemente violando el Plan de Partición de Palestina mediante el cual Naciones Unidas creó, en 1947, dos estados: el Judío y el Palestino-.

La Asamblea General de la organización mundial aprobó, el 29 de noviembre de 1947, la Resolución 181, y, con ello el Plan de Partición, que, entre sus disposiciones clave, delineó, con irrefutable precisión, las fronteras correspondientes a los dos Estados que estaba formando: el de Israel y el de Palestina -el primero, unilateralmente fundado seis meses después-.

El dirigente sionista David Ben-Gurion proclamó, arbitrariamente, el 14 de mayo de 1948, en un acto llevado a cabo en la ciudad de Tel Aviv, la independencia de Israel -y la consecuente materialización del estado judío-, e inauguró, tres días después, ocupándolo, el cargo de primer ministro del nuevo país.

Ante la unilateralidad de la proclamación, y considerando algunos aspectos del plan de partición como negativos para el pueblo palestino, la comunidad árabe internacional rechazó, en lo inmediato, la iniciativa aprobada por Naciones Unidas, lo que fue la excusa para que Israel -cuyos habitantes iniciales fueron perseguidos judíos europeos asentados en Palestina- expulsara, a la mayoría de los palestinos, de sus lugares de origen.

Registros históricos ubican, en el rango de 750 mil a 800 mil -y hasta un millón-, el total de personas violenta y repentinamente convertidas, sin piedad ni justificación, en refugiadas
-unas, en diferentes países, otras, en territorio correspondiente al Estado de Palestina pero bajo ocupación israelí-.

Ese brutal capítulo de la violenta historia de Oriente Medio, se conoce, en árabe, como al-Nakba (la catástrofe), una acción que investigadores académicos, en números crecientes, coinciden en describir como una operación militar de limpieza étnica antipalestina.

Además de la brutal expulsión, las víctimas sufrieron el robo -o la destrucción- de su patrimonio, mientras que la ciudades, los barrios, la aldeas que ancestralmente habitaron hasta entonces, fueron, en gran proporción, arrasadas, y, en el caso de las viviendas, las que no fueron destruidas, pasaron a ser habitadas por pobladores israelíes invasores
-eufemísticamente denominados “colonos”-.

Numerosas familias palestinas expulsadas, llevaron consigo, al forzado exilio, las llaves de sus respectivas viviendas, objetos que conservan como símbolo de la esperanza de regreso, de reivindicación de derechos, de justicia colectiva.

En notorio contraste, la independencia palestina fue declarada, el 15 de noviembre de 1988, en Argel -la capital de Argelia, país árabe en el costero norte africano-, por Yasser Arafat, entonces el máximo -y emblemático- líder de la guerrillera y política Organización para la Liberación de Palestina (OLP).

O sea que, 41 años después de aprobada la resolución que le daba origen, y 40 años después de la unilateral declaración israelí de independencia, se formalizó, en injusta/flagrante precariedad, el Estado de Palestina.

Pero se trata de un estado cuyo territorio -establecido en 1947, por Naciones Unidas, en el Plan de Partición-, fue inmisericorde y violentamente reducido, por la fuerza -por Israel-, además de militarmente ocupado, en su abrumadora mayoría -por las IDF-.

Ahora, transcurridos algo más de 77 años desde la aprobación del plan, un tóxico actor imperialista extrarregional viene a impulsar una nueva Nakba -en criminalmente lucrativa versión empresarial-.

Hablando en hipócrita tono casual/monótono al leer un largo texto, robando protagonismo -y marginando- a su ilustre visitante, Trump anunció, en la conferencia conjunta del 4 de febrero, la actualizada variante del plan sionista de limpieza étnica en Gaza.

“Estados Unidos tomará la Franja de Gaza -y haremos un trabajo con ello, también, seremos los propietarios-, y será responsable de desmantelar todas las peligrosas bombas no estalladas y otras armas en el lugar, nivelará el lugar, eliminará los edificios destruidos, lo nivelará, creará un desarrollo económico, abastecerá números ilimitados de empleos y alojamiento para la gente del área, hará un verdadero trabajo, hará algo diferente”, dijo.

Su discurso incluyó, por momentos, contradicciones, ya que, por una parte, planteó el reasentamiento, de la población de Gaza, en países de la región, sin perspectiva de regreso a la franja, pero, por otra, aseveró que los palestinos son la principal población meta del lucrativo proyecto empresarial.

“Tendríamos que ir a otros países de interés, con corazones humanitarios -y hay muchos de ellos que quieren hacer esto-, y construir varios territorios (domains) que serán, eventualmente, ocupados por los 1.8 millones de palestinos que viven en Gaza, poniendo fin a la muerte y a la destrucción”, comenzó a explicar, exagerando en hipocresía.

Recurriendo a empresariales parámetros de costo/beneficio, agregó que “esto podría ser pagado por países vecinos de gran riqueza” -en obvia referencia a países árabes-, y precisó que “puede ser una, tres, cuatro, cinco, siete, ocho, doce, puede ser numerosos sitios, puede ser un sitio grande, pero la gente podría vivir en comodidad y paz, y nos aseguraremos que algo realmente espectacular se haga”.

“Van a tener paz, nadie les va a disparar, los va a matar, y a destruir”, siguió vendiendo la idea -como si estuviese en campaña electoral-, para afirmar que “la única razón por la que los palestinos quieren volver a Gaza, es que no tienen alternativa”.

Si bien aseguró que se trata de “palestinos, de quienes estamos hablando, principalmente”, advirtió que la reubicación prevista no tiene retorno.

Siempre en alusión a Gaza, aseveró que “no es posible volver”, porque, “si se vuelve, va a terminar de la misma manera que ha ocurrido por cien años”.

“Estoy esperanzado de que este cese del fuego pueda ser el inicio de una más grande y más duradera para que termine con el derramamiento de sangre y la matanza, de una vez por todas”, agregó.

“Juntos, Estados Unidos e Israel (…) restableceremos la calma y la estabilidad en la región, y expandiremos la prosperidad, la oportunidad, y la esperanza para más naciones y para todos los pueblos (en) el Oriente Medio, incluidas las naciones árabes y musulmanas”, agregó, para destacar que “eso es muy importante: queremos que las naciones árabes y musulmanas tengan paz, y tengan tranquilidad, y tengan grades vidas”.

En repuesta a preguntas, respecto a la posibilidad del envío de tropas estadounidenses a la franja, el autócrata dio un “sí” disfrazado que “quién sabe”, afirmando que, “en lo que tiene que ver con Gaza, haremos lo que es necesario”, para agregar: “si es necesario, haremos eso”.

A continuación, retomó el injurioso discurso imperialista de convertir a la franja en una potencial tierra prometida, lo que incluye reinventarla como lujoso centro turístico internacional.

“Vamos a tomar el lugar, y vamos a desarrollarlo, crear miles y miles de empleos, y será algo de lo que todo el Oriente Medio pueda estar orgulloso”, agregó, hablando en su condición promotor de proyectos empresariales.

“Yo veo una posición de propiedad, y veo que traerá estabilidad a esa parte del Oriente Medio, y posiblemente para todo el Oriente Medio”, reafirmó, para agregar que “esta no fue una decisión tonada a la ligera”, y que toda la gente con la que he hablado, ama la idea de que Estados Unidos sea el propietario de esa parcela de tierra, la desarrolle, y cree miles de empleos con algo que va a ser magnífico en un área verdaderamente magnífica”.

Se trata de una zona “que nadie conocía, nadie podía ver, porque todo lo que ven es muerte, y destrucción, y escombros, y edificios demolidos cayéndose por todos lados, sólo una imagen terrible”, indicó.

“Tenemos una oportunidad de hacer algo que puede ser fenomenal -y no quiero ser listo (cute), y no quiero jugar de vivo (be a wise guy)-, como la Riviera de Oriente Medio”, se permitió afirmar, usando expresiones populares, en referencia a las turísticas riveras respectivamente ubicadas en el sur francés y en el limítrofe noreste italiano.

“Pero, más importante que eso es que el pueblo que ha sido absolutamente destruido que vive ahí ahora, puede vivir en paz en una mucho mejor situación, porque están viviendo en el infierno, y ese pueblo podrá vivir en paz, ahora”, dijo, a continuación -no se sabe si respecto a la reubicación de la población de Gaza o al desarrollo turístico del lugar, o a ambas cosas-.

Lo que, en su obvia torpeza intelectual, Trump realmente hizo, fue describir la bestialidad de la guerra de exterminio que el sionismo imperialista, a través de Netanyahu, lanzó, el 7 de octubre de 2023, contra el pueblo de Gaza.

De modo que, con su análisis de la situación en la franja, el autócrata estadounidense apuntó, de hecho, un dedo acusador, al visitante, de pie a su derecha, escuchando atentamente.

Pero ocultó lo que resulta ser el interés de lucro -el verdadero interés- que motiva su discursiva -pero inexistente- preocupación humanitaria por ayudar a los masacrados palestinos en la bélicamente arrasada Gaza.

Al respecto, la cadena de televisión Deutsche Welle (DW), difundió, el 11 de febrero -una semana después de la conferencia de prensa conjunta-, reveladora información sobre las intenciones, de Trump y su clan, en cuanto a la franja, y sobre los intereses empresariales trumpianos en Oriente Medio en general.

Según el medio de comunicación alemán, lo afirmado por el presidente, “es el eco de lo que dijo (su yerno Jared) Kushner en una entrevista en la Universidad de Harvard en febrero de 2024, cuando mencionó que la propiedad frente al mar (Mediterráneo) de Gaza podría ser ‘muy valiosa si la gente se centrara en crear medios de vida” -en brutal negación del masivo drama humanitario impuesto, por el sionismo guerrerista/expansionista, a la población local-.

“Agregó que, desde la perspectiva de Israel, haría todo lo posible para ‘sacar a la gente y luego limpiar’”, de acuerdo con la misma fuente.

“Desde entonces, Trump ha doblado la apuesta, sugiriendo incluso que a los palestinos no se les permitiría retornar a Gaza ‘porque van a tener viviendas mucho mejores’, dijo a Fox News el 10 de febrero”, agregó DW, para precisar que ello “es un recordatorio de que para Trump y su familia, el medio Oriente representa más un interés comercial que cualquier otra cosa”.

La plataforma informativa mencionó, ilustrativamente, multimillonarias inversiones de La Organización Trump (The Trump Organization), en países tales como Arabia Saudita, Dubai, Emiratos Árabes Unidos, Omán.

Se trata del grupo inmobiliario/hotelero nominalmente dirigido por Donald Jr y Eric, dos de los hijos del autócrata.

DW reveló, asimismo, que “los extensos intereses comerciales provocaron críticas acerca de posibles y múltiples conflictos de intereses para Trump al negociar con la región”.

También indicó que, “aunque Donald Trump renunció a todos los puestos directivos de sus empresas cuando fue elegido por primera vez a la presidencia de Estados Unodos en 2016, su familia ha seguido siendo prominente en sus actividades y campañas políticas, a pesar de seguir desempeñando funciones en la empresa”.

“Kushner aprovechó los contactos que hizo durante su función como asesor, en la primera administración Trump, para desarrollar su cartera de inversiones en el Medio Oriente”, agregó DW, para explicar que, en ese cuadro de situación, “en especial su estrecha relación con la familia real saudí fue muy criticada”.

Pero la flagrante corrupción trumpiana, y el descarado enriquecimiento ilícito del clan, evidenciados por la plataforma noticiosa europea, se han mantenido impunes.

DW informó, asimismo, que, “en una entrevista en 2014 con el sitio estadounidense Axios, Kushner defendió: ‘Si me preguntan sobre el trabajo que hicimos en el Casa Blanca, para mis críticos, lo que digo es: señalen una sola decisión que tomamos que no fue en interés de Estados Unidos’”.

El clan Trump -incluido Kushner, descendiente de sobrevivientes al holocausto (la persecución nazi, contra la población judía europea, en 1941-1945)- es paradigma de que la desfachatez de los corruptos es, indudablemente, blindada.

Por su parte, y en el lugar de segundón en que Trump lo ubicó en la conferencia de prensa
-aunque tres veces se dirigió a él por su apodo: Bibi-, Netanyahu -inicialmente, también leyendo- se esforzó por elogiar -reiterada u notoriamente- a su anfitrión.

“Dije esto, antes, y lo voy a decir otra vez: usted es el más grande amigo que Israel ha tenido en la Casa Blanca, y es por eso que el pueblo de Israel tiene tan enorme respeto por usted”, afirmó, interrumpido por aplausos.

Además de expresar que ambos coinciden plenamente en la visión de Oriente Medio, Netanyahu aseguró, siempre dirigiéndose a Trump, que, “como hemos hablado, Señor Presidente, para asegurar nuestro futuro, y traer paz a nuestra región, tenemos que terminar el trabajo”.

Y, no obstante la aparente sumisión, mantuvo su habitual discurso belicista, por ejemplo, cuando explicó que, “en Gaza, Israel tiene tres objetivos: destruir las capacidades militar y de gobierno de Hamas, asegurar la liberación de todos nuestros rehenes, y asegurar que Gaza nunca más sea una amenaza para Israel”.

Y, al avalar el plan trumpiano de convertir a gaza en un centro turístico de cinco estrellas, Netanyahu aseguró que la idea consiste en “dar nueva forma al Oriente Medio” -léase: “la Gran Isabel”-.

Lo afirmado por Trump, durante el diálogo con periodistas, genera, en principio dos lecturas -ambas, derivadas de la hipocresía y la capacidad de manipulación que se destacan entre las tóxicas características del autócrata-.

Por una parte, el anuncio pareciera indicar que el presidente/empresario se incorporó al plan sionista de construcción de la Gran Israel, para hacer efectiva la expulsión, de la población palestina, de Gaza, asegurándose, por esa vía, la materialización del espacio físico para su multimillonariamente rentable proyecto inmobiliario/turístico.

Por otra, quizá se trata de lograr la limpieza étnica del lugar, antes de que Israel lo haga sin darle la posibilidad de implementar “la Riviera Palestina”.

En cualquier caso, el plan -que brutalmente ignora la imprescindible/urgente recuperación integral del pueblo de Gaza- enfrenta -al menos, de inicio- expresiones de poderosa resistencia en el frente árabe de la región, lo mismo que la oposición de gobiernos occidentales -australiano, brasileño, británico, chino, ruso, entre otros-, además de la crítica de expertos internacionales en derechos humanos, y la condena de casi la mitad de los votantes estadounidenses recientemente encuestados al respecto.

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