Parte 1 de 10
Aunque llama a fortalecerlo -y es uno de sus más nefastos exponentes-, el otra vez presidente electo Donald Trump se perfila como un fuerte detonante de la implosión que el imperio estadounidense está evidenciando.
Trump se ubica en el primer lugar en mi lista de peores presidentes de Estados Unidos, superando a corruptos personajes tales como -entre los más recientes- Ronald Reagan (1981-1985, 1985-1989) -el inventor de los “combatientes por la libertad” (“freedom fighters”), o sea los mercenarios de “la contra” nicaragüense-, y George W. Bush (2001-2005, 2005-2009) -el inventor de las inexistentes armas de destrucción masiva en Irak, la leyenda que fue la excusa para invadir, en 2003, el país del oeste asiático-.
Reagan fue un pésimo actor cinematográfico y aún peor presidente quien no tuvo ningún problema ético para llevar a cabo acciones delictivas de sanción penal -traición a la patria, en realidad-, para financiar a la contra, cuando el congreso vio que la guerra sucia (1982-1990) para desaparecer a la revolución popular sandinista implicaba un gasto sin sentido, porque ningún bando ganaría esa confrontación proxy en el marco de la guerra fría (1947-1991).
En orden cronológico -y teniendo la complicidad de Oliver North, el teniente coronel retirado de Infantería de Marina quien era uno de sus asesores en materia de seguridad nacional- decidió vender, secretamente, armas -por supuesto que robadas- del arsenal estadounidense, al dictador musulmán iraní ayatola Ruhollah Khomeini -en ese momento, el principal enemigo terrorista de Estados Unidos-, en el escándalo de corrupción norteamericano conocido mundialmente como “Irán-Contra”.
Cuando se le terminó esa inyección de fondos del brutal régimen iraní -teocracia que se mantiene, desde 1979, en el poder-, Reagan -conocido como “el gran comunicador” (“the great communicator”), sin ser ninguna de las dos cosas- decidió -también con North- inundar, con crack -vendido por manipulados inmigrantes irregulares haitianos-, la occidental y costera ciudad estadounidense de Los Angeles.
Perpetró esta nueva acción delincuencial, después de que el congreso le quitó los dólares recurrentemente autorizados para la contra, y después de que agotó los de la venta clandestina, de armas del arsenal estadounidense, a Khomeini.
Por su parte, el intelectualmente limitado Bush, con el necesario apoyo de su hábil vicepresidente, Dick Cheney -dos megacorruptos empresarios-, vendió, al mundo, la falsa idea de que Irak -entonces bajo la bestial dictadura militar del ex agente de la CIA Saddam Hussein- contaba con un peligroso arsenal de armas de destrucción masiva.
Con esa excusa el imperio invadió Irak, derrocó a Hussein, y lo ahorcó, pero las tales armas no fueron encontradas -porque no existían-.
La invasión fue parte de la histérica/demencial guerra al terrorismo, declarada por GW, a raíz de los atentados terroristas del 9 de setiembre de 2001 en Estados Unidos -acciones criminales que, sin perjuicio de su obvia autoría casera, la historia oficial adjudicó al “terrorismo musulmán”-.
Más recientemente, Trump -republicano, al igual que Reagan, Bush, y Cheney- impuso una nefasta presidencia -probablemente la peor en la historia de Estados Unidos-.
Su trabajo consistió, en esencia, en convertir, al país, en una república bananera -como lo escribí en mi nota de análisis/opinión del 3 de agosto de 2020, titulada “Estados Unidos bananeros, el legado de un patán convertido -mal- en presidente”, en clarísima alusión a Trump-.
La expresión “república bananera” (“banana republic”), es un peyorativo término racista/xenofóbico usado, desde el final del siglo 19 o el inicio del 20, en Estados Unidos, como degradante referencia a países -al comienzo, principalmente latinoamericanos, con énfasis en los centroamericanos- caracterizados por críticos índices socioeconómicos, gobernados entonces por autocracias caudillistas o dictaduras militares.
La degradante etiqueta deriva del hecho de que, en particular, los países centroamericanos, además de algunos sudamericanos, son destacados productores de banano.
Igualado a cualquier dictador de república bananera, Trump intentó, el 6 de enero de 2021, impedir la proclamación oficial del demócrata Joe Biden como el presidente de Estados Unidos para el cuatrienio 2021-2025.
Lo hizo, alegando, falsamente, que Biden le robó la elección de noviembre de 2020, en la que ambos compitieron por la Casa Blanca -y sigue diciéndolo-.
Ahora, en la campaña electoral de este año -y ante cuatro acusaciones penales por corrupción, abuso de autoridad incluido el intento golpista, abuso sexual, entre decenas de cargos-, está hablando de usar, dictatorialmente, al sector militar estadounidense para reprimir cualquier oposición.
Así lo expresó, primero veladamente, al hablar en un acto proselitista llevado a cabo el 11 de octubre en la localidad de Aurora, en el centroccidental estado de Colorado, y lo repitió, explícitamente, durante una entrevista, dos días después, con la derechista red de televisión estadounidense Fox News.
CONTINUA…







